Caña Metálica en Zaragoza (Artículo aparecido en
Heraldo de Aragón
Metallica triunfó en La Romareda ante 32.000 fervientes seguidores llegados de toda España, que tiñeron de negro las gradas del estadio municipal.
CHACO MORAIS. Zaragoza | No se preparaba la Semana Santa ni era un congreso de buscadores de petróleo, pero La Romareda ayer, acostumbrada al blanco y al azul de los jugadores zaragocistas, estaba teñida de negro. Y no por nada malo, no. Las más de 20.000 personas que a las 19.30 ya estaban dentro del recinto habían sacado sus galas más oscuras para disfrutar de una noche de metal. Allí estaban las nuevas juventudes (del heavy, se entiende). Y también más de un padre que creció a ritmo de Metallica y que decidió desempolvar la camiseta negra y las poses rockeras. Aunque también había muchos "metálicos" de pega, como Pilar, que reconocía haberse comprado una camiseta negra la tarde anterior.
A eso de las ocho menos cuarto salieron a escena Lostprophets. Y consiguieron arrancar los primeros saltos de un público, que levantaba al alto las banderas de sus lugares de origen. Entre las primeras filas, banderas de Asturias y La Rioja ondeaban al viento y se mezclaban con las banderas de los grupos que actuaban.
Mientras las gradas se iban llenando, en el césped, tapado con una lona azul, no cabía ni un alma. Y el empeño de los ocho músicos en escena les hizo moverse. "Zaragoza, you"re fucking amazing". Lostprophets abandonaba en media hora el escenario prometiendo devolver visita. Fue momento de ir a las barras a beber, rápido, antes de que empezaran Slipknot.
Jorge, que había venido en bus desde Bilbao, aprovechó para pedir a los camareros que, si llegaban a conocer a Metallica, les pidieran un autógrafo para él. Mientras tanto, se contentó con comprarse una camiseta del grupo, al módico precio de 35 euros.
A las 20.55, detrás del escenario empezaban a bajar ocho personas con máscaras en sus rostros y mono negro. Eran los Slipknot. A juzgar por la respuesta de la gente, no parecían los teloneros. Fueron recibidos con vítores y bengalas de colores que surgían de las primeras filas. En los primeros guitarrazos, la locura. La gente les tiraba cosas al escenario, ellos respondieron lanzando botellas de agua. Flashes y litros de cerveza por los aires acompañaban el estruendo que salía desde el escenario. Son ocho, pero suenan como ochocientos. Y su entrega, total: el cantante se desgañitó, habló en español con la gente - "¡Zaragoza, salta!"-, se retorció sobre el suelo... Y a pocos metros, miles de jóvenes que no paraban, alguno incluso transportado por cientos de manos hacia la valla de seguridad. Eso era en el césped, porque en las gradas, había cierta cara de incredulidad. José, que había ido a ver a Metallica, pensó durante la actuación, "que se me van a salir las tripas".
Y en efecto, el espectáculo no era apto para cardiacos. Ocho enmascarados haciendo ruido, como si Freddy Krueger y Jason, de "Viernes 13", se hubieran ido de copas. "¿Dónde está el loco español?", preguntó Corey Taylor, cantante de la banda, antes de que un compañero de la banda se tirara al público, en una Romareda que parecía un terremoto.
Con su despedida, empezaron los nervios, los gritos y el clásico "oé, oé, oé". En las colas del baño se oía: "¡Qué ruido han metido, ¿no?". El plato fuerte de la noche todavía estaba por salir y la gente no sabía ya donde meterse. O sí, porque fue el momento de los bocadillos y de hacer la ola. Una inmensa ola de 32.000 personas que coreaba incluso las pruebas de sonido. A las 22.45 se apagaron todas las luces. Ascendieron dos inmensas pantallas y salieron a tocar James Hetfield y los suyos, haciendo valer los 300.000 vatios de luz y sonido que los acompañaban. "¿Españoles?", preguntó el cantante. "Síííí", respondió enfervorecido el público. "¿Ingleses? Noooo". "Españoles, a cantar". Y vinieron los temas de su último disco, y clásicos como "Nothing else matters" o "Enter sandman". Y, con ellos, el delirio colectivo.
"Un concierto de Metallica debería ser obligatorio", decía Ana, minutos antes de acabar el concierto. A las afueras de La Romareda, Pedro, uno de los taxistas de guardia, no opinaba lo mismo. "Esto es demasiado ruido. Y además, ¡tienen más años que yo!". También para él, la noche de ayer en Zaragoza fue "muy heavy".
Artículo escrito por
Héctor Mainar